Fe y fútbol
Mientras toda España mira el partido del Mundial, cargada de expectativas y de ilusiones, me pregunto qué es exactamente lo que nos convierte en comunidad.
¿Qué nos une?
¿Un sentimiento?
¿Será el mismo que nos invade cuando un equipo se reúne para desarrollar algo nuevo?
Esa comunión que aparece antes incluso de comenzar. Esa sensación de saborear la victoria cuando el árbitro todavía no ha pitado el inicio y el proyecto apenas tiene nombre.
A mí no me gusta especialmente el fútbol.
Pero reconozco el subidón.
Y una parte de mí también se une a La Roja, aunque solo sea por pertenecer durante un rato a ese grito de guerra, a esa satisfacción que todavía no ha ocurrido, pero que todos sentimos como si ya fuera nuestra.
Porque, de algún modo, en el fútbol, en el desarrollo y en la vida hacemos siempre lo mismo: intentar controlar algo que nunca controlaremos del todo.
Podemos entrenar.
Podemos planificar.
Y, aun así, siempre habrá un rebote inesperado, una lesión, un bug que nadie había previsto.
O un nuevo requerimiento del cliente el viernes a las seis.
Cuando la expectativa se cumple, el éxito sabe a gloria.
Y cuando no...
Siempre queda otro partido.
Otra versión.
Otra oportunidad de volver a creer antes de que alguien pite el comienzo.
¡Vamos por ese gol!
Esa sensación de pertenecía que nos une y hace que nos sintamos uno
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